La publicidad que se reconoce en medio segundo
La publicidad que se reconoce en medio segundo
Hay un momento raro cuando uno recorre redes sociales hoy. Una clínica con una doctora sonriente. Un curso con un estudiante motivado. Un gimnasio con un tipo entrenando. Tres negocios distintos, tres rubros distintos, y sin embargo todo se siente igual. Los mismos colores saturados, las mismas expresiones exageradas, las mismas letras gigantes. Medio segundo alcanza para pensarlo: esto lo hizo una IA.
Cuando todo se siente igual
No es que la imagen tenga un error evidente. Ya no se trata de contar dedos ni de buscar letras deformes. Las herramientas mejoraron muchísimo y esos defectos casi desaparecieron. Lo que delata a estas piezas es otra cosa: la vibra. Todo parece salido del mismo molde, como si un solo diseñador invisible estuviera haciendo la publicidad de medio internet.
Y eso tiene una consecuencia que va más allá de lo estético. Cuando vemos la foto de un supuesto doctor que parece sacado de un comercial que nunca existió, la pregunta aparece sola: ¿esa persona trabaja ahí? ¿Ese lugar existe así como lo muestran? La publicidad deja de mostrarnos el negocio y empieza a mostrarnos solamente que alguien sabe escribir prompts.
La confianza también se diseña
La publicidad siempre tuvo un trabajo central: hacer que un negocio sea recordado y creíble. Los colores, las fotos, los personajes, las frases, todo eso existía para construir una identidad que la gente pudiera reconocer y en la que pudiera confiar. Incluso los anuncios feos de antes tenían algo que los actuales muchas veces no tienen: eran de alguien. Había una intención detrás, aunque fuera torpe.
Una pieza genérica comunica exactamente lo contrario de lo que un negocio necesita. Dice “somos como todos” en el momento en que debería decir “somos estos, y somos reales”. Y en rubros donde la confianza lo es todo, como salud, educación o servicios a domicilio, esa diferencia se paga caro.
Lo perfecto que no convence
Acá hay una paradoja que nos parece importante. Pasamos años intentando que la inteligencia artificial pudiera crear imágenes como las nuestras. Ahora que puede hacerlo, empezamos a extrañar cuando las cosas se veían humanas. Lo perfecto, lo pulido, lo impecable empieza a generar sospecha en lugar de admiración.
Ver algo hecho por una persona, con sus imperfecciones y sus decisiones visibles, irónicamente empieza a llamar más la atención que ver algo perfecto generado por una máquina. No porque lo humano sea técnicamente superior, sino porque se siente verdadero. Y la verdad, en publicidad, siempre fue un activo.
Qué hacemos nosotros con esto
Cuando trabajamos una pieza visual, partimos de una pregunta simple: ¿qué tiene este negocio que ningún prompt genérico podría inventar? El local real, las personas reales, los colores que ya usan sus clientes para reconocerlos, la forma en que hablan. Eso no lo genera ninguna herramienta, porque ninguna herramienta estuvo ahí.
La IA puede ayudar a pulir, a probar variantes, a acelerar. Pero la base tiene que ser algo verdadero. Si la pieza final podría ser de cualquier negocio del rubro, entonces no es una pieza terminada: es un borrador esperando criterio.